martes, noviembre 30

Diciembre 18, 2012
Ayer encontré a los dos perfectos candidatos, eran débiles, fue muy fácil matarlos sin herir los cuerpos. Esos mortales nos serán de gran ayuda. Tengo que esperar a que anochezca para hacer el ritual. He preservado las almas, los últimos soplos de vida de Tonalna y Ohtonqui, por siglos. Ahora sé que es el momento de liberarlos, de darles un nuevo cuerpo.
Oscurece, me adentro en la selva, en un camino perdido de un pueblo que no existe, justo en donde encontré a las mortales. Los trozos de madera y las ramas que han caído de los árboles me sirven para hacer una fogata. De mi  bolsa de tela saco un recipiente y enciendo el copal. El ambiente se llena se su aroma.
Miro el cielo, la luna está en la posición correcta, ahí está el citlalmina, la flecha de estrellas de la predicción de mi señor Ohtonqui .Es el momento.
 En mi bolsillo hay dos frasquitos de vidrio. Escojo el del tapón negro. Destapo la botellita y la acerco al hombre, a su boca y tapo su nariz. Invoco con palabras a Cuauhtzin, mi maestro Cuauhtzin para que me ayude a realizar con éxito la transmutación de esta alma.
Los suspiros de Ohtonqui entran en el hombre poco a poco. Me acerco a la cabeza, a los oídos. Cuauhtleco ceyaotl, mi señor Ohtonqui, el nuevo mundo se abre, ya pasó el tiempo del chicomecoatl. Que Ilhuicóatl lo guíe. Regrese al mundo de los vivos en este nuevo cuerpo, le susurro. El corazón, antes muerto, comienza a latir de nuevo, los pulmones inmóviles ahora se llenan de aire. Mi señor Ohtonqui ha regresado.
Los párpados se abren y los ojos lo recorren todo. Todo es nuevo. Nada conoce de este tiempo.
¿Eres tú Yolihuani?, me pregunta mi señor Ohtonqui una vez que ha recuperado el conocimiento. A su servicio, señor, le contesto inclinando la cabeza. Todo ha cambiado, dice, el cielo es muy diferente al de antes. ¿Dónde está la cihuateopixqui?
Tomo el otro frasquito de mi bolsillo, el de la tapa blanca. Me acerco al cuerpo de la mujer y repito la operación. Acerco la botellita a la boca, la pego a los labios y tapo la nariz. Invoco de nuevo a mi maestro Cuauhtzin, que no me abandone al encaminar a esta alma.
El último soplo de vida de mi señora Tonalna entra en el cuerpo inmóvil. Me acerco a los oídos. Cuauhcihuatl,xochicóatl, mi señora Tonalna, el nuevo mundo se abre, ya pasó el tiempo del chicomecoatl. QueCinteotl la guíe. Regrese al mundo de los vivos en este nuevo cuerpo, le susurro y me escucha. Las extremidades comienzan a moverse, el pecho se infla, se llena de oxígeno. Ahora mi señora Tonalna también ha despertado.

Diciembre 19, 2012

En tiempos pasados trabajé entre la realeza, con los grandes señores del imperio maya. Yo era el almero real, conservé y cuidé de los últimos soplos de vida de gobernadores y de sacerdotes, de los líderes de nuestro pueblo. La mayoría desparecieron, fueron robados, fueron destruidos por los hombres blancos.
Mi señor Ohtonqui y mi señora Tonalna sobrevivieron. Sus almas fueron guardadas por mi maestro Cuauhtzin desde los tiempos del esplendor y la abundancia. Yo no conocí sus primeros cuerpos, ni siquiera el de mi maestro. Él me explicó, él me enseñó cómo hacerlo vivir por siempre, cómo mudar un espíritu de cuerpo en cuerpo, él me dio el secreto de la inmortalidad.
Mi maestro y yo vimos pasar siglos y siglos juntos, usando cuerpos, apoderándonos de ellos, viviendo en ellos. Ha pasado tanto tiempo…
Él me asignó esta misión, me confió las almas de nuestros sacerdotes más respetados, los más sabios, mi señor Ohtonqui y mi señora Tonalna. Me dijo que los grandes espíritus hablaron con ellos en sueños, en visiones, les anunciaron la última venida de Kinich-Ahau.
Mi maestro me ordenó que esperara las señales, dijo que vería las señales en el cielo, la flecha de estrellas y que entonces les devolviera la conciencia a mis señores. El momento llegó. Cuauhtzin, mi maestro, le decía el tiempo del cambio, el último tiempo.
Yo ya no le acompaño. Me pidió, me ordenó que liberara su alma, su espíritu, que lo soltara al viento en la noche más fresca del último mes. Yo encontraré el camino, Yolihuani. Estaré al lado de nuestros señores. Ya no me necesitas más, ni yo a ti. Eres el último, Yolihuani. Ya no habrá más almeros después de ti. Ya no habrá nada después de ti.

martes, noviembre 23

Noviembre 17, 2012

Antonio traía de nuevo puesta la playera más grande del mundo, otra vez la cámara en el cuello y el cabello alborotado.
Subimos al Jeep, que ya estaba lleno de mapas y folletos, y emprendemos su aventura. Hay que poner música, ¿no?, dijo Toño y en instantes el aire se llenó con su canción favorita de los Beatles. Recordé las primeras veces que salíamos, acababa de comprar su primer coche y siempre ponía esas canciones.  En ese entonces yo cantaba a viva voz con él, hoy ya ni me sorprendo tarareando.
No tardamos en salir de la ciudad, el paisaje se redujo de casas, gente y plazas a árboles, tierra y pasto. Íbamos por una carretera muy angosta con arbustos por los dos lados y de un solo carril.
¿Seguro que es por aquí? .No confío en sus rutas inventadas. ¡Claro! Si ahí en el mapa se ve este caminito, es un atajo, dijo señalando un punto rojo en un mapa y alternando la vista entre sus hojas de apuntes y la carretera.
Yo no vi ningún atajo, ningún camino. Puse una cara de enojo y esperé a que él la viera. ¿Ya te aburriste?, me preguntó, no hagas pucheritos ¿por qué no te duermes un rato? Yo te aviso cuando lleguemos.
Tomé su sugerencia y dormí.  Ahora ya desperté y sigo en el maldito Jeep verde con olor a humedad rodeada de latas vacias de Coca-Cola.
Love, love me do, sigue canturreando Toño. Son las más de las seis de la tarde. ¿En dónde estamos Antonio?, le pregunto. Este, este… ya casi llegamos Anita donita bonita, tú no te preocupes.
Volteo hacia la ventana, afuera no hay nada, al menos no puedo ver nada, no es tan tarde y ya oscureció.
¿Por qué no das vuelta en un retorno? Ya me quiero regresar. ¿Un retorno?, me dice Toño como si jamás se le hubiera ocurrido que existía esa posibilidad. Es que…, comienza a decir pero su cara ya lo dijo todo. Estamos perdidos.
Bravo, Antonio, bravo. Te mereces el aplauso más grande del mundo. Por tu culpa vinimos aquí, por tu culpa estamos en este coche maloliente, por tu culpa estamos perdidos en medio de la nada,  por culpa de tus estúpidas fotos. Tú y tus tonterías.
Perdón, dice, perdóname, no era mi intención hacerte pasar un mal rato.
Olvídalo, ya no importa, le digo y es vedad, ya no importa lo que me diga, estoy preparándome para pasar la noche aquí.
Seguimos avanzando, Toño sigue encontrando caminos no trazados. Sólo hay dos opciones: o nos está sacando de esta carretera perdida y nos está acercando a la civilización o nos está adentrando en la desierta jungla y nos está  perdiendo  más. De cualquier manera creo que lo mejor es seguirnos moviendo.
Mira, mira, dice de pronto Toño, rompiendo con él silencio. Hay alguien ahí. Disminuye la velocidad y entrecierra los ojos.
Me inclino hacia adelante y veo que dice la verdad, extrañamente hay alguien parado ahí, en medio del  improvisado camino. ¿Un ermitaño?, ¿un vagabundo?, ¿un pordiosero?
Mira, mira, nos está haciendo señas. Bueno, pues bájate y pregúntale cómo demonios salimos de aquí.
Antonio se baja y se acerca al hombre. Es un señor alto y corpulento, tiene puesto un sombrero viejo, sus ropas se ven viejas también, y rasgadas, su pantalón esta parchado por todos lados y su camisa está sucia. Se cubre con una manta negra y la trae a modo de capa. En su mano derecha hay una botella de licor semi vacía. ¡Lo que nos faltaba! Un borracho perdido.

Toño me voltea a ver y asiento con la cabeza. No puedo creer que le tenga miedo a un hombre que apenas puede mantenerse en pie.
El borracho se acerca a él, intercambian palabras, no puedo oírlos, tengo la ventana arriba. Antonio voltea a verme, sonríe y levanta los pulgares, “es de Ikal”, leo sus labios. Y me hace una señal con la mano para que baje yo también.
Tomo mi bolso y la cámara del asiento de atrás. Reviso la hora en mi celular, ya es tarde y para colmo no hay señal. Levanto la vista, no está Toño, tampoco el borracho.
¡Toño, Toño!, me bajo del auto y grito. ¡Toño!
Escucho ruidos detrás de mí, doy un paso hacia atrás y algo cruje bajo mis pies, son los anteojos de Antonio. Un escalofrío me recorre la espalda. Una botella de cristal cae a mis pies y un olor a licor llega mi nariz.
¿Toño?, esta vez no grito, apenas y susurro.
Una mano grande y rasposa me tapa la boca y un golpe en el estómago me deja indefensa.

martes, noviembre 16

IKAL

Diciembre 15, 2012

Antonio me engañó otra vez. Juró que vendríamos de vacaciones, vacaciones de verdad. Y en cuanto llegamos me dijo que quería visitar un pueblo en las afueras de la ciudad. ¿No tendrá nada que ver con el trabajo, verdad?, le pregunté. No, cómo se te ocurre, me contestó casi indignado, sólo quiero tomar buenas fotografías de este viaje para tenerlas de recuerdo.
 Toño está tan obsesionado con conseguir el reportaje en Estados Unidos que hace cualquier cosa por impresionar al director de la revista.
 Cuando nos casamos me encantó el hecho de que su trabajo como fotógrafo “extremo”, como le gusta llamarse, pudiera hacerse en cualquier lugar, ahora lo detesto. Siempre, siempre, a donde sea que vayamos, tiene que traer la cámara colgada en el cuello y los bolsillos llenos de rollos.

Le dije que no lo quería acompañar, que venía a Yucatán a descansar, a ver la playa, a recorrer la ciudad, a ver el cielo , a todo menos a verlo tomar fotografías de animalitos y  plantas y de personas que , según él, le son simpáticas a la lente .Entonces rento un coche y me voy yo solo, me dijo con la voz más triste del mundo y justo como él sospechaba accedí ,pero con la condición de que fuéramos pasado mañana porque quería pasar al menos dos días tranquilos lejos de sus locuras aventureras. Él sonrió y me dio un beso en la mejilla, ¿ves como si quieres ir conmigo? .Una vez más se salió con la suya.
Por la tarde fui a la playa, me senté sobre una toalla y hundí los pies en la arena húmeda y fresca. Veía desde lejos a Antonio arreglándose con los empleados del hotel que mediaban la renta de los autos. Lo vi y me pareció un poco tonto, con su cámara para todos lados y su playera dos tallas más grande, con sus anteojos a media nariz, su cabello alborotado y su aire distraído. Me pregunté qué era lo que me había atraído de él, qué era lo que me había enamorado. No obtuve respuesta.
Antonio terminó de hablar con el señor que lo atendía y se dieron la mano. Sonriendo se dirigió hacia donde yo estaba. Listo, Anita donita bonita (detesto que me llame así) ya tenemos el coche.
El resto de la tarde lo dedicamos a caminar por la playa. Platicábamos del clima, de su trabajo, de los preparativos para las fiestas navideñas y de vez en cuando nos deteníamos y sumergíamos los pies en el mar.

Diciembre 16, 2012

Desperté y Antonio ya estaba vestido, por su cabello húmedo asumí que recién había terminado de bañarse. Estaba sentado en el piso alfombrado de la habitación con un montón de papeles regados a su alrededor. Buenos días, amor. ¿Cómo dormiste?, dijo sin despegar los ojos de su cuadernito de notas. Le contesté rutinariamente y le pregunté por  todo ese papelerío. Son mapas, me contestó al tiempo que los levantaba para que yo pudiera verlos. ¿Mapas? .Para llegar a Ikal, el pueblito que te dije ayer, también conseguí información turística, dicen que ese lugar es muy famoso… ¿Ikal? Aquí deje de prestarle atención. Tú nunca vas a ser normal, le dije y me tapé la cara con la almohada.
Desayunamos, tomó fotos, salimos a la playa, tomó fotos, caminamos un rato por la ciudad, tomó fotos, comimos, tomó más fotos. Fotos del mar, de aves, de niños jugando en el parque, de ancianas tejiendo pulseritas y de mí comprando esas pulseritas.
¿Y ahora qué quieres hacer? Me preguntó sonriendo, como si estuviéramos en un parque de diversiones y el próximo juego al que nos subiríamos sería de mi elección. Quería ir a comprar suvenires inútiles para mi familia y después ir a cenar a algún restaurante bonito. Como dos turistas haciendo cosas de turistas, le dije.
Ya era de noche, estábamos de nuevo en la habitación del hotel, una leve brisa entraba por la puerta de vidrio que daba al balcón. Toño salió del baño otra vez con el cabello húmedo, el olor a loción inundó el aire.  Se había arreglado, de verdad se había arreglado. Su cabello dorado y rizado iba peinado contra su naturaleza alborotada. Vestía un pantalón de lino a juego con una camisa azul que yo jamás había visto (sorprendentemente de su talla). Te ves linda, me dijo. Sólo sonreí, vámonos.
El auto  que había rentado era un Jeep verde descapotable que olía a humedad. No me importó y subí. En cuanto arrancó abrí la ventana, saque la cabeza y el aire me dio de lleno en la cara. Pareces un perrito, dijo Antonio mirándome. Medio sonreí. No seas tonto, Toño, me gusta ver las estrellas.
Llegamos a “El Faro” un elegante restaurante que hacía honor a su nombre. Un elevador nos llevó al décimo y único piso. Vista panorámica y buena comida, ¿te gusta? Asentí y le di las gracias.
Cenamos mientras platicábamos del clima, de su trabajo y de los preparativos para las fiestas navideñas. La monotonía ya no respeta la juventud, pensé.
Después de tres copas de vino Antonio soltó la pregunta que yo había leído en sus ojos de chocolate desde que lo vi esta mañana. ¿Qué nos pasa? Me hice la que no sabía de qué estaba hablando. Tú y yo, Ana, ya no somos lo que éramos, en especial tú. ¿Yo?, dije y fingí sorpresa. Ya no reímos, ya no jugamos, no platicamos  como antes, es más, ya ni peleamos…es como si ya no te interesáramos. Esto último lo dijo con la mirada baja.
No supe que hacer. Pensé en decirle si, tienes razón, somos una aburrida rutina que no me interesa. En cambio me acerqué, lo abracé y  las palabras que salieron de mi boca fueron: No te preocupes ¿sí? Es mi culpa he estado un poco distraída. Vamos a estar bien y estaremos mejor mañana, seguiremos las rutas de tus mapas y tomarás fotos maravillosas en ese pueblito Tukal. Ikal, me corrigió. Rió y me dio un beso.
¿Por qué las mujeres mentimos cuando se nos da la oportunidad de decir la verdad?