martes, noviembre 23

Noviembre 17, 2012

Antonio traía de nuevo puesta la playera más grande del mundo, otra vez la cámara en el cuello y el cabello alborotado.
Subimos al Jeep, que ya estaba lleno de mapas y folletos, y emprendemos su aventura. Hay que poner música, ¿no?, dijo Toño y en instantes el aire se llenó con su canción favorita de los Beatles. Recordé las primeras veces que salíamos, acababa de comprar su primer coche y siempre ponía esas canciones.  En ese entonces yo cantaba a viva voz con él, hoy ya ni me sorprendo tarareando.
No tardamos en salir de la ciudad, el paisaje se redujo de casas, gente y plazas a árboles, tierra y pasto. Íbamos por una carretera muy angosta con arbustos por los dos lados y de un solo carril.
¿Seguro que es por aquí? .No confío en sus rutas inventadas. ¡Claro! Si ahí en el mapa se ve este caminito, es un atajo, dijo señalando un punto rojo en un mapa y alternando la vista entre sus hojas de apuntes y la carretera.
Yo no vi ningún atajo, ningún camino. Puse una cara de enojo y esperé a que él la viera. ¿Ya te aburriste?, me preguntó, no hagas pucheritos ¿por qué no te duermes un rato? Yo te aviso cuando lleguemos.
Tomé su sugerencia y dormí.  Ahora ya desperté y sigo en el maldito Jeep verde con olor a humedad rodeada de latas vacias de Coca-Cola.
Love, love me do, sigue canturreando Toño. Son las más de las seis de la tarde. ¿En dónde estamos Antonio?, le pregunto. Este, este… ya casi llegamos Anita donita bonita, tú no te preocupes.
Volteo hacia la ventana, afuera no hay nada, al menos no puedo ver nada, no es tan tarde y ya oscureció.
¿Por qué no das vuelta en un retorno? Ya me quiero regresar. ¿Un retorno?, me dice Toño como si jamás se le hubiera ocurrido que existía esa posibilidad. Es que…, comienza a decir pero su cara ya lo dijo todo. Estamos perdidos.
Bravo, Antonio, bravo. Te mereces el aplauso más grande del mundo. Por tu culpa vinimos aquí, por tu culpa estamos en este coche maloliente, por tu culpa estamos perdidos en medio de la nada,  por culpa de tus estúpidas fotos. Tú y tus tonterías.
Perdón, dice, perdóname, no era mi intención hacerte pasar un mal rato.
Olvídalo, ya no importa, le digo y es vedad, ya no importa lo que me diga, estoy preparándome para pasar la noche aquí.
Seguimos avanzando, Toño sigue encontrando caminos no trazados. Sólo hay dos opciones: o nos está sacando de esta carretera perdida y nos está acercando a la civilización o nos está adentrando en la desierta jungla y nos está  perdiendo  más. De cualquier manera creo que lo mejor es seguirnos moviendo.
Mira, mira, dice de pronto Toño, rompiendo con él silencio. Hay alguien ahí. Disminuye la velocidad y entrecierra los ojos.
Me inclino hacia adelante y veo que dice la verdad, extrañamente hay alguien parado ahí, en medio del  improvisado camino. ¿Un ermitaño?, ¿un vagabundo?, ¿un pordiosero?
Mira, mira, nos está haciendo señas. Bueno, pues bájate y pregúntale cómo demonios salimos de aquí.
Antonio se baja y se acerca al hombre. Es un señor alto y corpulento, tiene puesto un sombrero viejo, sus ropas se ven viejas también, y rasgadas, su pantalón esta parchado por todos lados y su camisa está sucia. Se cubre con una manta negra y la trae a modo de capa. En su mano derecha hay una botella de licor semi vacía. ¡Lo que nos faltaba! Un borracho perdido.

Toño me voltea a ver y asiento con la cabeza. No puedo creer que le tenga miedo a un hombre que apenas puede mantenerse en pie.
El borracho se acerca a él, intercambian palabras, no puedo oírlos, tengo la ventana arriba. Antonio voltea a verme, sonríe y levanta los pulgares, “es de Ikal”, leo sus labios. Y me hace una señal con la mano para que baje yo también.
Tomo mi bolso y la cámara del asiento de atrás. Reviso la hora en mi celular, ya es tarde y para colmo no hay señal. Levanto la vista, no está Toño, tampoco el borracho.
¡Toño, Toño!, me bajo del auto y grito. ¡Toño!
Escucho ruidos detrás de mí, doy un paso hacia atrás y algo cruje bajo mis pies, son los anteojos de Antonio. Un escalofrío me recorre la espalda. Una botella de cristal cae a mis pies y un olor a licor llega mi nariz.
¿Toño?, esta vez no grito, apenas y susurro.
Una mano grande y rasposa me tapa la boca y un golpe en el estómago me deja indefensa.

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