viernes, diciembre 10

MIGAJAS

 
Francisco ha estado faltando mucho a casa por las noches, siempre se excusa diciendo que su jefe le pidió que se quedara unas horas más tarde en la oficina, que las juntas se han alargado, que están muy apurados con el trabajo. Fernanda sabe que nada de esto es verdad. Aunque Francisco lo intente no puede quitar de su ropa el olor a perfume barato ni las manchas de lápiz labial en el cuello de su camisa.
Francisco también sabe que su novia ha descubierto lo que hace por las noches. No lo hace porque no la ame o porque no la quiera, es simplemente que se ha aburrido. Fernanda es una mujer de manías, dice siempre que habla de ella. Cuando toma café le tiene que poner una cucharadita de azúcar y luego un chorrito de crema, después otra de azúcar y de nuevo el chorrito de crema, si no lo hace en ese orden no se lo toma. Y nunca puedo comer nada sin dejar rechinando de limpia la mesa del comedor, si encuentra una migajita se pone furiosa, furiosa.
Hoy por la noche Fernanda ha decidido que Francisco no le verá más la cara. Sin avisarle se dirige a su oficina. Que sea lo que tenga que ser, piensa mientras conduce a toda velocidad. Al mismo tiempo, la secretaria de Francisco entra en su oficina con una falda más corta de lo usual, se ha perfumado y ha pintado sus labios de un rojo brillante.
Fernanda llega al edificio donde trabaja su novio, sube al elevador y presiona el botón del décimo piso. Está nerviosa, se frota las manos constantemente. Medio ensaya palabras, algún reclamo, pero nada se le ocurre, no tiene cabeza para pensar en eso.
Cuando llega a su destino las puertas metálicas se abren y justo en cuanto pisa el alfombrado, el olor del perfume de mujer ajena llega hasta su nariz. Fernanda ya se imagina la escena, siente un nudo en el estómago pero ya no hay marcha atrás.
Atraviesa el pasillo hasta llegar a la última puerta, la que tiene la inscripción con letras doradas “Arq. Francisco González M.”  Fernanda toma aire y se prepara para lo obvio. Cierra su mano alrededor de la perilla y justo en el momento en que la gira, llega hasta sus oídos el inconfundible golpeteo rítmico. Entonces abre la puerta de golpe. Una blusa tirada, la corbata de Francisco y las medias negras de su secretaria forman un camino de ropa que lleva directamente a su novio dándole clases particulares de arquitectura y anatomía a su ayudante de una forma poco ortodoxa.
¡Tú eres un imbécil!, le grita a Francisco, ¡y tú eres una gata arrastrada! Fernanda cierra la puerta con un golpe y da media vuelta dispuesta a salir del edificio. No esperó ninguna explicación, ni siquiera quería una. Él no hizo nada por detenerla y eso le bastó. Su taconeo es tan fuerte que parece que en cualquier momento el mármol se va a romper debajo de sus pies.
Sube a su auto y pone la música a todo volumen. Una lágrima se resbala por su mejilla. Respira profundamente y de nuevo atraviesa la ciudad a toda velocidad.
Al llegar a su casa se prepara un taza de café siguiendo su rutina: azúcar, crema, azúcar, crema, y se sienta en el comedor. De repente siente como la cara se le enrojece, se siente acalorada, está completamente furiosa: Francisco dejó migajas en la mesa.

jueves, diciembre 9

ESTELA

Hoy por la noche te invitan a una celebración inventada, a un brindis sin motivo. Sólo por el gusto de vernos, te dice el anfitrión por teléfono. Tú no quieres ir. Eres el tipo de persona que prefiere dedicar sus ratos libres a no hacer nada con una buena taza de café negro, sin azúcar como lo toman los Buendía, dices cada vez que lo pides. Sin embargo hoy ya te ha matado el aburrimiento. Decides que irás. Te vistes elegante como requiere la invitación, tu traje negro será al fin usado.  Sales de tu casa y en vez de tomar un taxi eliges caminar. Ha terminado de llover y te gusta la humedad del ambiente y el olor de la tierra mojada.

Vas paso a paso sin pensar en algo en especial. Tarareas una canción que escuchaste por la mañana en la radio y te distraes viendo pasar los autos. Tus pies comienzan a llevarte por nuevas calles, te conducen por atajos inexistentes y trazan caminos que nunca antes habías pisado. Entre un callejón y otro finalmente te detienes ante un parque, un parque que no sabías que existía, un parque que seguramente ya está vacío a estas horas de la noche. La luz tenue de los faroles intercalados con los árboles solitarios invita a tu curiosidad. Piensas que no tienes nada que perder  y entras. Todo se oscurece de repente, las ramas están tan entrelazadas que te impiden ver el cielo.
Al fondo hay columpios, no te resistes  y caminas directo hacia ellos. Te sientas en uno, te quitas los zapatos y los calcetines y en seguida comienzas a impulsarte. Atrás y adelante. Cierras muy fuerte los ojos. El pasto húmedo rozándote los pies, el viento en tu cara  y el vértigo de la falsa caída te hacen reír. Justo la misma sensación de cuando eras niño.
Disfrutas del recuerdo hasta que a tu nariz llega un olor dulzón que trae a tu memoria el aroma de las galletas recién horneadas en la mañana de Navidad. Instintivamente abres los ojos. ¿Qué haces?, te pregunta una voz suave. Te detienes de golpe. Tu corazón late rápido. Creíste estar solo. Dudas en voltear pero de todas formas lo haces.
Una breve figura femenina está detrás de ti. No es guapa pero es linda. Cabello negro, ojos negros. No hay más, no hay nada que la haga diferente salvo su vestido multicolor que desentona con la quietud del lugar. ¿Qué haces?
Nada, contestas avergonzado, vuelves a meter los pies en tus zapatos y anudas tus agujetas. Ah, ya veo, dice ella, parece divertido. ¿Cómo te llamas?, te pregunta con un tono infantil y se acerca demasiado a ti. Algo en ella hace que un escalofrío recorra tu espalda. No sabes si responder, no la conoces.
Eduardo, contestas después de un breve silencio, me llamo Eduardo. Yo soy  Estela, te dice sin esperar a que la cuestiones. Te sientes extraño, incluso nervioso. Tienes un pretexto para irte, tus amigos te están esperando a sólo unas calles de ahí. Sin embargo algo no deja que te vayas, aunque quisieras marcharte no podrías. De nuevo tu curiosidad te traiciona y te obliga a quedarte. Ahora eres tú quien continúa con el interrogatorio.
Y ¿qué haces aquí, Estela?, le preguntas poniéndote de pie y quedando frente a ella. Ahora la puedes ver de cuerpo completo. El vestido multicolor le cubre los pies. Antes de contestarte se queda pensando y mira hacia arriba. No lo sé, dice al fin sin voltear a verte. Cada vez que salgo a caminar termino aquí, todas las noches me pasa lo mismo. Es raro, ¿no crees?
No te parece extraño, justamente te pasó lo mismo hace unos minutos.
Ven, quiero enseñarte algo, te dice y comienza a caminar. Tú la sigues, la familiaridad con la que te trata te hace sentir como si en verdad la conocieras desde siempre y el miedo que sentías se deshace poco a poco. Estela te conduce por un camino hecho piedrecillas. Llegan a un pequeño claro donde los árboles forman un círculo y dejan descubierto el cielo nocturno. Ven, te dice y se detiene justo en medio. Te paras a su lado. Mira hacia arriba, Eduardo. La obedeces y  por primera vez te percatas de que el cielo está repleto de estrellas, se ven tan grandes que incluso extiendes tu brazo para ver si acaso logras tocar alguna. Es como si un sobrecito de diamantina hubiera explotado, le dices casi en un susurro.
Podrías pasar ahí la noche entera entre el silencio de los árboles, la humedad del ambiente y la poca iluminación de los astros, es más, ya lo has hecho. En cuanto logras despegar tu vista del cielo consultas el reloj que usas en la muñeca derecha sólo por llevar la contraria. Son más de las tres de la madrugada. La reunión, tus amigos, todo se te ha olvidado por completo. Has pasado horas ahí pero  jurarías que apenas y han sido unos minutos.
Detestas romper con la magia del momento pero te obligas a hacerlo. Oye, le dices a Estela, ya es muy tarde, creo que debemos volver .Oh, claro, te dice ella saliendo de su ensimismamiento. Discúlpame, te he entretenido mucho tiempo. No era mi intención.
No te preocupes, le dices. Ahora piensas en cómo regresar a tu casa, no te diste cuenta de cómo llegaste así que no sabes salir de ahí. Bueno, eso puede esperar, piensas. No vas a dejar que Estela regrese sola a su casa. ¿Vives cerca?, le preguntas. Sí, te contesta distraída, a unas calles de aquí.
Te acompaño. No, no te apures, no tienes que hacerlo, te dice pero su fría mano ya está entrelazada con la tuya.
Salen del parque y caminan por calles muy angostas y poco iluminadas. Tratas de reconocer los lugares pero nada te parece familiar. Siguen caminando y te sientes cada vez más perdido. Dos cuadras más adelante, ante una puerta de madera con el número 7 grabado, Estela se detiene. Aquí es, te dice, aquí vivo.
Bueno, comienzas a despedirte, pues gracias. Cuídate y procura no dar paseos nocturnos sola, ¿está bien?
Ella sonríe. No, Eduardo, gracias a ti. Sin poder contenerse te abraza, te abraza como se abrazan los amigos que no se han visto en mucho tiempo, como si no quisiera dejarte ir. Su olor a dulce se impregna en tu ropa y en tu memoria. Gracias, vuelve a decirte. Ah, por cierto,  camina derecho sobre  esta calle y gira hacia la izquierda, será más fácil que llegues a tu casa por ahí.
De acuerdo, le dices. Adiós.
Sigues sus instrucciones y ves que tenía razón, llegaste sin problemas. Atraviesas la puerta de tu edificio y subes las escaleras hasta tu apartamento. Sin prender la luz  caminas esquivando los muebles, te quitas el  traje, los zapatos y te metes en la cama. Te quedas pensando en lo que ha pasado y te sorprendes por lo que has hecho. Justo ahora te has dado cuenta y el miedo regresa a ti.
Sabes perfectamente lo que pasará mañana. Te despertarás y te mirarás al espejo, las ojeras confirmarán que te has desvelado. Entonces te acordarás de lo sucedido. Tomarás tu saco y lo olerás en busca de un aroma que no puedes olvidar. Motivado por inquietud que te genera el eco de una voz femenina te vestirás y saldrás de tu casa en dirección al parque en donde la viste ayer. Tus pies recordarán el camino pero el parque ya no estará, en su lugar habrá un lote baldío con vestigios de columpios. Te sentirás confundido pero eso no te detendrá. Ahora caminarás en busca de la puerta de madera con el número 7, la encontrarás y tocarás el timbre insistentemente. Una señora anciana abrirá de mala gana y te preguntará qué quieres. Tú le contestarás que vienes a buscar a Estela, una muchacha de cabello negro. La anciana te mirará como si la hubieras ofendido. ¿Qué no se cansan de jugar con la memoria de mi pobre nieta?, te gritará. ¡Llevan años con lo mismo, dejen de fastidiarme!Siempre  vienen muchachitos como tú a preguntar por ella, siempre dicen que la han venido a dejar la noche anterior. ¡Dejen de molestar a esta miserable vieja! Dejen a Estelita descansar en paz, dirá mirando hacia el cielo. Seguramente fueron vándalos como tú los que la mataron en ese parque del demonio. Las lágrimas inundarán sus ojosy te cerrará la puerta en la cara.
Tu cara palidecerá  aunque ya sabías, conocías la leyenda. Nunca pensaste que fuera real. Te quedarás sorprendido y con las manos temblorosas. No sabrás que hacer, lo único que se te ocurrirá será regresar a tu casa, no sin antes pasar a una cafetería para tomar algo que te calme los nervios. Un café negro, sin azúcar como lo toman los Buendía, bien, pero bien cargado, por favor.

martes, diciembre 7


Diciembre 20, 2012

Mis señores han pasado el día reconociendo el nuevo mundo. Se han adaptado a sus cuerpos.
Mientras estaban recorriendo la selva en donde nos escondemos los escuche platicar. Gran Ohtonqui, ¿qué haremos?, le dijo Tonalna .No podemos desafiar lo escrito, las leyes sagradas. El destino, un destino que no nos pertenece ha sido trazado y no está en nuestras manos detenerlo. No tenemos la fuerza.
Tienes razón gran Tonalna, le contestó mi señor Ohtonqui. Eso lo sabemos desde nuestros primeros cuerpos, desde los primero tiempos, pero  esa es la razón de nuestra venida, de nuestro regreso.
Kinich-Ahau nos ha dicho, nos ha confiado el secreto. Los mortales han cambiado pero no para bien, el mundo matan, lo destruyen. El gran Sol ha decidido. Les ha dado la oportunidad, todos los mortales lo han descubierto ahora, les ha dicho que se unan a la raza superior, la evolución última, pero ellos no lo entienden, ellos mueren y matan por su propia mano. Mi gran señor Ohtonqui terminó de decir esto y las lágrimas que no lloraba desde hace siglos salieron de sus ojos.
Yo tengo fe, continuó Tonalna, si todo se pierde, también nosotros nos perderemos. Ya no seremos almas, tampoco suspiros. Somos mortales también. Yo tengo fe. Podemos salvarlos, podemos salvarnos. Necesitamos un corazón puro. Necesitamos ofrecerlo, enseñarle al gran Sol que aún hay, que todavía existe una razón para dejarnos existir.
Mis señores han platicado de esta manera toda la tarde.
¿Un corazón puro? , pregunta mi gran señor Ohtonqui. Las almas, los corazones, los espíritus de ese tipo son difíciles de encontrar. En este mundo, el nuevo mundo, el último mundo, no lo hallaremos. ¿Eso crees?, preguntó mi señora, gran sacerdotisa Tonalna. ¿Quién ha permanecido fiel a los grandes señores?, ¿quién ha sido sincero al maestro Cuauhtzin?, ¿quién ha sido el único que ha obedecido las señales devotamente? ¡Ofrezcamos su corazón!
Pero…, comienza a decir mi señor Ohtonqui, el corazón es diferente, es de un humano cualquiera, no es el suyo, no es el sincero. Te equivocas, lo corrige Tonalna, el corazón, el alma, el sentimiento perdura, se va junto con el espíritu. Todo lo que hay dentro de él pasa al nuevo cuerpo, al nuevo corazón. En realidad nunca cambia, sólo se mueve.

Diciembre 21, 2012
Hoy, mis señores han pasado el día haciendo preparativos para una ceremonia. No me han dicho nada. No me quieren comentar. Es el mandato del gran Sol, del único padre.
Yolihuani, ven .Me llama de repente la sacerdotisa Tonalna. Me dirijo hacia donde están, un claro entre los árboles. Es de noche, la luna ilumina los rostros de Ohtonqui y de Tonalna, la luz plateada toca todo. Hay instrumentos en el suelo, en la tierra. La oscuridad y la niebla no me dejan distinguir.
Yolihuani, queremos agradecerte, me dice Ohtonqui, agradecerte por serle fiel a tu gran maestro, por traernos de nuevo a la vida, por ayudarnos a cumplir nuestro destino. Como sabrás, dice Tonalna, nuestro gran Sol, nuestro señor Kinich-Ahau, el ojo que todo lo ve, está enfurecido. Ha marcado el fin de los mortales desde el inicio del tiempo. El día se acerca. En este momento las palabras de mi maestro Cuauhtzin resuenan en mi cabeza. El último tiempo, dijo, ya no habrá nada después de ti.
Lo entiendes, ¿verdad?, dice Tonalna y se acerca a mí. Gracias último almero Yolihuani, por ofrecerte a Kinich-Ahau.
Tonalna me abraza, me abraza y siento el frio metal entrando en mi espalda. Un dolor punzante se apodera de todo mi cuerpo. El frío entra en mí una y otra vez. Me falta el aire. Tonalna y Ohtonqui pronuncian, gritan palabras que ya no entiendo. El olor, el humo, la luz, todo desaparece. Yo desaparezco.

Tonalna se ocupa deshacer el cuerpo inmóvil de Yolihuani, hunde las manos en su pecho cortado, desgarra músculos, rompe tejidos y se llena de sangre hasta que al fin el anhelado corazón ve la luz. Ohtonqui invoca a los dioses, los elementos, los caminos del universo. Le habla al Sol, le pide que se manifieste. Pronto Ohtonqui cierra los ojos y cae al suelo. Cuando se levanta lo hace con una expresión diferente. No es su mirada, no es su voz. Kinich-Ahau está presente.
Tonalna entona el canto de alabo al dios Sol. El sacrificio, el corazón puro le han sido en su nombre. Los ruegos de la sacerdotisa se realizan en un idioma incomprensible. La lengua que usaban los antiguos sacerdotes para comunicarse con los dioses.
Kinich-Ahau está enojado, nadie se atreve a desafiar sus leyes, nadie interrumpe con el destino, las estrellas lo han plasmado en señal de que es inalterable. Kinich-Ahau no perdona. Decide hacer el segundo exterminio de la historia pero ya no habrá otra raza después de esta.
Tonalna cae al suelo, desmayada con el corazón aún sangrante entre sus manos. El cuerpo que usó Ohtonqui también cae.
Todo se ilumina, el gran fuego todo lo quema, el calor es insoportable. Una luz proveniente del cielo se acerca a la tierra como si fuera un cometa. Se hace cada vez más grande, la luz blanca todo lo abarca,  la luz blanca cegadora absorbe todo. Todo es luz, todo es blanco. Ya no hay nada.