martes, noviembre 16

IKAL

Diciembre 15, 2012

Antonio me engañó otra vez. Juró que vendríamos de vacaciones, vacaciones de verdad. Y en cuanto llegamos me dijo que quería visitar un pueblo en las afueras de la ciudad. ¿No tendrá nada que ver con el trabajo, verdad?, le pregunté. No, cómo se te ocurre, me contestó casi indignado, sólo quiero tomar buenas fotografías de este viaje para tenerlas de recuerdo.
 Toño está tan obsesionado con conseguir el reportaje en Estados Unidos que hace cualquier cosa por impresionar al director de la revista.
 Cuando nos casamos me encantó el hecho de que su trabajo como fotógrafo “extremo”, como le gusta llamarse, pudiera hacerse en cualquier lugar, ahora lo detesto. Siempre, siempre, a donde sea que vayamos, tiene que traer la cámara colgada en el cuello y los bolsillos llenos de rollos.

Le dije que no lo quería acompañar, que venía a Yucatán a descansar, a ver la playa, a recorrer la ciudad, a ver el cielo , a todo menos a verlo tomar fotografías de animalitos y  plantas y de personas que , según él, le son simpáticas a la lente .Entonces rento un coche y me voy yo solo, me dijo con la voz más triste del mundo y justo como él sospechaba accedí ,pero con la condición de que fuéramos pasado mañana porque quería pasar al menos dos días tranquilos lejos de sus locuras aventureras. Él sonrió y me dio un beso en la mejilla, ¿ves como si quieres ir conmigo? .Una vez más se salió con la suya.
Por la tarde fui a la playa, me senté sobre una toalla y hundí los pies en la arena húmeda y fresca. Veía desde lejos a Antonio arreglándose con los empleados del hotel que mediaban la renta de los autos. Lo vi y me pareció un poco tonto, con su cámara para todos lados y su playera dos tallas más grande, con sus anteojos a media nariz, su cabello alborotado y su aire distraído. Me pregunté qué era lo que me había atraído de él, qué era lo que me había enamorado. No obtuve respuesta.
Antonio terminó de hablar con el señor que lo atendía y se dieron la mano. Sonriendo se dirigió hacia donde yo estaba. Listo, Anita donita bonita (detesto que me llame así) ya tenemos el coche.
El resto de la tarde lo dedicamos a caminar por la playa. Platicábamos del clima, de su trabajo, de los preparativos para las fiestas navideñas y de vez en cuando nos deteníamos y sumergíamos los pies en el mar.

Diciembre 16, 2012

Desperté y Antonio ya estaba vestido, por su cabello húmedo asumí que recién había terminado de bañarse. Estaba sentado en el piso alfombrado de la habitación con un montón de papeles regados a su alrededor. Buenos días, amor. ¿Cómo dormiste?, dijo sin despegar los ojos de su cuadernito de notas. Le contesté rutinariamente y le pregunté por  todo ese papelerío. Son mapas, me contestó al tiempo que los levantaba para que yo pudiera verlos. ¿Mapas? .Para llegar a Ikal, el pueblito que te dije ayer, también conseguí información turística, dicen que ese lugar es muy famoso… ¿Ikal? Aquí deje de prestarle atención. Tú nunca vas a ser normal, le dije y me tapé la cara con la almohada.
Desayunamos, tomó fotos, salimos a la playa, tomó fotos, caminamos un rato por la ciudad, tomó fotos, comimos, tomó más fotos. Fotos del mar, de aves, de niños jugando en el parque, de ancianas tejiendo pulseritas y de mí comprando esas pulseritas.
¿Y ahora qué quieres hacer? Me preguntó sonriendo, como si estuviéramos en un parque de diversiones y el próximo juego al que nos subiríamos sería de mi elección. Quería ir a comprar suvenires inútiles para mi familia y después ir a cenar a algún restaurante bonito. Como dos turistas haciendo cosas de turistas, le dije.
Ya era de noche, estábamos de nuevo en la habitación del hotel, una leve brisa entraba por la puerta de vidrio que daba al balcón. Toño salió del baño otra vez con el cabello húmedo, el olor a loción inundó el aire.  Se había arreglado, de verdad se había arreglado. Su cabello dorado y rizado iba peinado contra su naturaleza alborotada. Vestía un pantalón de lino a juego con una camisa azul que yo jamás había visto (sorprendentemente de su talla). Te ves linda, me dijo. Sólo sonreí, vámonos.
El auto  que había rentado era un Jeep verde descapotable que olía a humedad. No me importó y subí. En cuanto arrancó abrí la ventana, saque la cabeza y el aire me dio de lleno en la cara. Pareces un perrito, dijo Antonio mirándome. Medio sonreí. No seas tonto, Toño, me gusta ver las estrellas.
Llegamos a “El Faro” un elegante restaurante que hacía honor a su nombre. Un elevador nos llevó al décimo y único piso. Vista panorámica y buena comida, ¿te gusta? Asentí y le di las gracias.
Cenamos mientras platicábamos del clima, de su trabajo y de los preparativos para las fiestas navideñas. La monotonía ya no respeta la juventud, pensé.
Después de tres copas de vino Antonio soltó la pregunta que yo había leído en sus ojos de chocolate desde que lo vi esta mañana. ¿Qué nos pasa? Me hice la que no sabía de qué estaba hablando. Tú y yo, Ana, ya no somos lo que éramos, en especial tú. ¿Yo?, dije y fingí sorpresa. Ya no reímos, ya no jugamos, no platicamos  como antes, es más, ya ni peleamos…es como si ya no te interesáramos. Esto último lo dijo con la mirada baja.
No supe que hacer. Pensé en decirle si, tienes razón, somos una aburrida rutina que no me interesa. En cambio me acerqué, lo abracé y  las palabras que salieron de mi boca fueron: No te preocupes ¿sí? Es mi culpa he estado un poco distraída. Vamos a estar bien y estaremos mejor mañana, seguiremos las rutas de tus mapas y tomarás fotos maravillosas en ese pueblito Tukal. Ikal, me corrigió. Rió y me dio un beso.
¿Por qué las mujeres mentimos cuando se nos da la oportunidad de decir la verdad?

1 comentario:

  1. Super wush!! jejeje
    Muy interesante la visión que buscas resaltar en tu historia, "¿Por qué las mujeres mentimos cuando se nos da la oportunidad de decir la verdad?" te deja pensando un rato.
    Solo tengo una duda. En una parte colocaste "más fotos" mi pregunta es de que si en el caso de adición mas lleva o no la tilde.
    de ahí en fuera me gusto mucho.

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