Hoy por la noche te invitan a una celebración inventada, a un brindis sin motivo. Sólo por el gusto de vernos, te dice el anfitrión por teléfono. Tú no quieres ir. Eres el tipo de persona que prefiere dedicar sus ratos libres a no hacer nada con una buena taza de café negro, sin azúcar como lo toman los Buendía, dices cada vez que lo pides. Sin embargo hoy ya te ha matado el aburrimiento. Decides que irás. Te vistes elegante como requiere la invitación, tu traje negro será al fin usado. Sales de tu casa y en vez de tomar un taxi eliges caminar. Ha terminado de llover y te gusta la humedad del ambiente y el olor de la tierra mojada.
Vas paso a paso sin pensar en algo en especial. Tarareas una canción que escuchaste por la mañana en la radio y te distraes viendo pasar los autos. Tus pies comienzan a llevarte por nuevas calles, te conducen por atajos inexistentes y trazan caminos que nunca antes habías pisado. Entre un callejón y otro finalmente te detienes ante un parque, un parque que no sabías que existía, un parque que seguramente ya está vacío a estas horas de la noche. La luz tenue de los faroles intercalados con los árboles solitarios invita a tu curiosidad. Piensas que no tienes nada que perder y entras. Todo se oscurece de repente, las ramas están tan entrelazadas que te impiden ver el cielo.
Al fondo hay columpios, no te resistes y caminas directo hacia ellos. Te sientas en uno, te quitas los zapatos y los calcetines y en seguida comienzas a impulsarte. Atrás y adelante. Cierras muy fuerte los ojos. El pasto húmedo rozándote los pies, el viento en tu cara y el vértigo de la falsa caída te hacen reír. Justo la misma sensación de cuando eras niño.
Disfrutas del recuerdo hasta que a tu nariz llega un olor dulzón que trae a tu memoria el aroma de las galletas recién horneadas en la mañana de Navidad. Instintivamente abres los ojos. ¿Qué haces?, te pregunta una voz suave. Te detienes de golpe. Tu corazón late rápido. Creíste estar solo. Dudas en voltear pero de todas formas lo haces.
Una breve figura femenina está detrás de ti. No es guapa pero es linda. Cabello negro, ojos negros. No hay más, no hay nada que la haga diferente salvo su vestido multicolor que desentona con la quietud del lugar. ¿Qué haces?
Nada, contestas avergonzado, vuelves a meter los pies en tus zapatos y anudas tus agujetas. Ah, ya veo, dice ella, parece divertido. ¿Cómo te llamas?, te pregunta con un tono infantil y se acerca demasiado a ti. Algo en ella hace que un escalofrío recorra tu espalda. No sabes si responder, no la conoces.
Eduardo, contestas después de un breve silencio, me llamo Eduardo. Yo soy Estela, te dice sin esperar a que la cuestiones. Te sientes extraño, incluso nervioso. Tienes un pretexto para irte, tus amigos te están esperando a sólo unas calles de ahí. Sin embargo algo no deja que te vayas, aunque quisieras marcharte no podrías. De nuevo tu curiosidad te traiciona y te obliga a quedarte. Ahora eres tú quien continúa con el interrogatorio.
Y ¿qué haces aquí, Estela?, le preguntas poniéndote de pie y quedando frente a ella. Ahora la puedes ver de cuerpo completo. El vestido multicolor le cubre los pies. Antes de contestarte se queda pensando y mira hacia arriba. No lo sé, dice al fin sin voltear a verte. Cada vez que salgo a caminar termino aquí, todas las noches me pasa lo mismo. Es raro, ¿no crees?
Vas paso a paso sin pensar en algo en especial. Tarareas una canción que escuchaste por la mañana en la radio y te distraes viendo pasar los autos. Tus pies comienzan a llevarte por nuevas calles, te conducen por atajos inexistentes y trazan caminos que nunca antes habías pisado. Entre un callejón y otro finalmente te detienes ante un parque, un parque que no sabías que existía, un parque que seguramente ya está vacío a estas horas de la noche. La luz tenue de los faroles intercalados con los árboles solitarios invita a tu curiosidad. Piensas que no tienes nada que perder y entras. Todo se oscurece de repente, las ramas están tan entrelazadas que te impiden ver el cielo.
Al fondo hay columpios, no te resistes y caminas directo hacia ellos. Te sientas en uno, te quitas los zapatos y los calcetines y en seguida comienzas a impulsarte. Atrás y adelante. Cierras muy fuerte los ojos. El pasto húmedo rozándote los pies, el viento en tu cara y el vértigo de la falsa caída te hacen reír. Justo la misma sensación de cuando eras niño.
Disfrutas del recuerdo hasta que a tu nariz llega un olor dulzón que trae a tu memoria el aroma de las galletas recién horneadas en la mañana de Navidad. Instintivamente abres los ojos. ¿Qué haces?, te pregunta una voz suave. Te detienes de golpe. Tu corazón late rápido. Creíste estar solo. Dudas en voltear pero de todas formas lo haces.
Una breve figura femenina está detrás de ti. No es guapa pero es linda. Cabello negro, ojos negros. No hay más, no hay nada que la haga diferente salvo su vestido multicolor que desentona con la quietud del lugar. ¿Qué haces?
Nada, contestas avergonzado, vuelves a meter los pies en tus zapatos y anudas tus agujetas. Ah, ya veo, dice ella, parece divertido. ¿Cómo te llamas?, te pregunta con un tono infantil y se acerca demasiado a ti. Algo en ella hace que un escalofrío recorra tu espalda. No sabes si responder, no la conoces.
Eduardo, contestas después de un breve silencio, me llamo Eduardo. Yo soy Estela, te dice sin esperar a que la cuestiones. Te sientes extraño, incluso nervioso. Tienes un pretexto para irte, tus amigos te están esperando a sólo unas calles de ahí. Sin embargo algo no deja que te vayas, aunque quisieras marcharte no podrías. De nuevo tu curiosidad te traiciona y te obliga a quedarte. Ahora eres tú quien continúa con el interrogatorio.
Y ¿qué haces aquí, Estela?, le preguntas poniéndote de pie y quedando frente a ella. Ahora la puedes ver de cuerpo completo. El vestido multicolor le cubre los pies. Antes de contestarte se queda pensando y mira hacia arriba. No lo sé, dice al fin sin voltear a verte. Cada vez que salgo a caminar termino aquí, todas las noches me pasa lo mismo. Es raro, ¿no crees?
No te parece extraño, justamente te pasó lo mismo hace unos minutos.
Ven, quiero enseñarte algo, te dice y comienza a caminar. Tú la sigues, la familiaridad con la que te trata te hace sentir como si en verdad la conocieras desde siempre y el miedo que sentías se deshace poco a poco. Estela te conduce por un camino hecho piedrecillas. Llegan a un pequeño claro donde los árboles forman un círculo y dejan descubierto el cielo nocturno. Ven, te dice y se detiene justo en medio. Te paras a su lado. Mira hacia arriba, Eduardo. La obedeces y por primera vez te percatas de que el cielo está repleto de estrellas, se ven tan grandes que incluso extiendes tu brazo para ver si acaso logras tocar alguna. Es como si un sobrecito de diamantina hubiera explotado, le dices casi en un susurro.
Ven, quiero enseñarte algo, te dice y comienza a caminar. Tú la sigues, la familiaridad con la que te trata te hace sentir como si en verdad la conocieras desde siempre y el miedo que sentías se deshace poco a poco. Estela te conduce por un camino hecho piedrecillas. Llegan a un pequeño claro donde los árboles forman un círculo y dejan descubierto el cielo nocturno. Ven, te dice y se detiene justo en medio. Te paras a su lado. Mira hacia arriba, Eduardo. La obedeces y por primera vez te percatas de que el cielo está repleto de estrellas, se ven tan grandes que incluso extiendes tu brazo para ver si acaso logras tocar alguna. Es como si un sobrecito de diamantina hubiera explotado, le dices casi en un susurro.
Podrías pasar ahí la noche entera entre el silencio de los árboles, la humedad del ambiente y la poca iluminación de los astros, es más, ya lo has hecho. En cuanto logras despegar tu vista del cielo consultas el reloj que usas en la muñeca derecha sólo por llevar la contraria. Son más de las tres de la madrugada. La reunión, tus amigos, todo se te ha olvidado por completo. Has pasado horas ahí pero jurarías que apenas y han sido unos minutos.
Detestas romper con la magia del momento pero te obligas a hacerlo. Oye, le dices a Estela, ya es muy tarde, creo que debemos volver .Oh, claro, te dice ella saliendo de su ensimismamiento. Discúlpame, te he entretenido mucho tiempo. No era mi intención.
No te preocupes, le dices. Ahora piensas en cómo regresar a tu casa, no te diste cuenta de cómo llegaste así que no sabes salir de ahí. Bueno, eso puede esperar, piensas. No vas a dejar que Estela regrese sola a su casa. ¿Vives cerca?, le preguntas. Sí, te contesta distraída, a unas calles de aquí.
Te acompaño. No, no te apures, no tienes que hacerlo, te dice pero su fría mano ya está entrelazada con la tuya.
Te acompaño. No, no te apures, no tienes que hacerlo, te dice pero su fría mano ya está entrelazada con la tuya.
Salen del parque y caminan por calles muy angostas y poco iluminadas. Tratas de reconocer los lugares pero nada te parece familiar. Siguen caminando y te sientes cada vez más perdido. Dos cuadras más adelante, ante una puerta de madera con el número 7 grabado, Estela se detiene. Aquí es, te dice, aquí vivo.
Bueno, comienzas a despedirte, pues gracias. Cuídate y procura no dar paseos nocturnos sola, ¿está bien?
Ella sonríe. No, Eduardo, gracias a ti. Sin poder contenerse te abraza, te abraza como se abrazan los amigos que no se han visto en mucho tiempo, como si no quisiera dejarte ir. Su olor a dulce se impregna en tu ropa y en tu memoria. Gracias, vuelve a decirte. Ah, por cierto, camina derecho sobre esta calle y gira hacia la izquierda, será más fácil que llegues a tu casa por ahí.
De acuerdo, le dices. Adiós.
Ella sonríe. No, Eduardo, gracias a ti. Sin poder contenerse te abraza, te abraza como se abrazan los amigos que no se han visto en mucho tiempo, como si no quisiera dejarte ir. Su olor a dulce se impregna en tu ropa y en tu memoria. Gracias, vuelve a decirte. Ah, por cierto, camina derecho sobre esta calle y gira hacia la izquierda, será más fácil que llegues a tu casa por ahí.
De acuerdo, le dices. Adiós.
Sigues sus instrucciones y ves que tenía razón, llegaste sin problemas. Atraviesas la puerta de tu edificio y subes las escaleras hasta tu apartamento. Sin prender la luz caminas esquivando los muebles, te quitas el traje, los zapatos y te metes en la cama. Te quedas pensando en lo que ha pasado y te sorprendes por lo que has hecho. Justo ahora te has dado cuenta y el miedo regresa a ti.
Sabes perfectamente lo que pasará mañana. Te despertarás y te mirarás al espejo, las ojeras confirmarán que te has desvelado. Entonces te acordarás de lo sucedido. Tomarás tu saco y lo olerás en busca de un aroma que no puedes olvidar. Motivado por inquietud que te genera el eco de una voz femenina te vestirás y saldrás de tu casa en dirección al parque en donde la viste ayer. Tus pies recordarán el camino pero el parque ya no estará, en su lugar habrá un lote baldío con vestigios de columpios. Te sentirás confundido pero eso no te detendrá. Ahora caminarás en busca de la puerta de madera con el número 7, la encontrarás y tocarás el timbre insistentemente. Una señora anciana abrirá de mala gana y te preguntará qué quieres. Tú le contestarás que vienes a buscar a Estela, una muchacha de cabello negro. La anciana te mirará como si la hubieras ofendido. ¿Qué no se cansan de jugar con la memoria de mi pobre nieta?, te gritará. ¡Llevan años con lo mismo, dejen de fastidiarme!Siempre vienen muchachitos como tú a preguntar por ella, siempre dicen que la han venido a dejar la noche anterior. ¡Dejen de molestar a esta miserable vieja! Dejen a Estelita descansar en paz, dirá mirando hacia el cielo. Seguramente fueron vándalos como tú los que la mataron en ese parque del demonio. Las lágrimas inundarán sus ojosy te cerrará la puerta en la cara.
Tu cara palidecerá aunque ya sabías, conocías la leyenda. Nunca pensaste que fuera real. Te quedarás sorprendido y con las manos temblorosas. No sabrás que hacer, lo único que se te ocurrirá será regresar a tu casa, no sin antes pasar a una cafetería para tomar algo que te calme los nervios. Un café negro, sin azúcar como lo toman los Buendía, bien, pero bien cargado, por favor.
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