Diciembre 20, 2012
Mis señores han pasado el día reconociendo el nuevo mundo. Se han adaptado a sus cuerpos.
Mientras estaban recorriendo la selva en donde nos escondemos los escuche platicar. Gran Ohtonqui, ¿qué haremos?, le dijo Tonalna .No podemos desafiar lo escrito, las leyes sagradas. El destino, un destino que no nos pertenece ha sido trazado y no está en nuestras manos detenerlo. No tenemos la fuerza.
Tienes razón gran Tonalna, le contestó mi señor Ohtonqui. Eso lo sabemos desde nuestros primeros cuerpos, desde los primero tiempos, pero esa es la razón de nuestra venida, de nuestro regreso. Kinich-Ahau nos ha dicho, nos ha confiado el secreto. Los mortales han cambiado pero no para bien, el mundo matan, lo destruyen. El gran Sol ha decidido. Les ha dado la oportunidad, todos los mortales lo han descubierto ahora, les ha dicho que se unan a la raza superior, la evolución última, pero ellos no lo entienden, ellos mueren y matan por su propia mano. Mi gran señor Ohtonqui terminó de decir esto y las lágrimas que no lloraba desde hace siglos salieron de sus ojos.
Mientras estaban recorriendo la selva en donde nos escondemos los escuche platicar. Gran Ohtonqui, ¿qué haremos?, le dijo Tonalna .No podemos desafiar lo escrito, las leyes sagradas. El destino, un destino que no nos pertenece ha sido trazado y no está en nuestras manos detenerlo. No tenemos la fuerza.
Tienes razón gran Tonalna, le contestó mi señor Ohtonqui. Eso lo sabemos desde nuestros primeros cuerpos, desde los primero tiempos, pero esa es la razón de nuestra venida, de nuestro regreso. Kinich-Ahau nos ha dicho, nos ha confiado el secreto. Los mortales han cambiado pero no para bien, el mundo matan, lo destruyen. El gran Sol ha decidido. Les ha dado la oportunidad, todos los mortales lo han descubierto ahora, les ha dicho que se unan a la raza superior, la evolución última, pero ellos no lo entienden, ellos mueren y matan por su propia mano. Mi gran señor Ohtonqui terminó de decir esto y las lágrimas que no lloraba desde hace siglos salieron de sus ojos.
Yo tengo fe, continuó Tonalna, si todo se pierde, también nosotros nos perderemos. Ya no seremos almas, tampoco suspiros. Somos mortales también. Yo tengo fe. Podemos salvarlos, podemos salvarnos. Necesitamos un corazón puro. Necesitamos ofrecerlo, enseñarle al gran Sol que aún hay, que todavía existe una razón para dejarnos existir.
Mis señores han platicado de esta manera toda la tarde.
¿Un corazón puro? , pregunta mi gran señor Ohtonqui. Las almas, los corazones, los espíritus de ese tipo son difíciles de encontrar. En este mundo, el nuevo mundo, el último mundo, no lo hallaremos. ¿Eso crees?, preguntó mi señora, gran sacerdotisa Tonalna. ¿Quién ha permanecido fiel a los grandes señores?, ¿quién ha sido sincero al maestro Cuauhtzin?, ¿quién ha sido el único que ha obedecido las señales devotamente? ¡Ofrezcamos su corazón!
Pero…, comienza a decir mi señor Ohtonqui, el corazón es diferente, es de un humano cualquiera, no es el suyo, no es el sincero. Te equivocas, lo corrige Tonalna, el corazón, el alma, el sentimiento perdura, se va junto con el espíritu. Todo lo que hay dentro de él pasa al nuevo cuerpo, al nuevo corazón. En realidad nunca cambia, sólo se mueve.
Pero…, comienza a decir mi señor Ohtonqui, el corazón es diferente, es de un humano cualquiera, no es el suyo, no es el sincero. Te equivocas, lo corrige Tonalna, el corazón, el alma, el sentimiento perdura, se va junto con el espíritu. Todo lo que hay dentro de él pasa al nuevo cuerpo, al nuevo corazón. En realidad nunca cambia, sólo se mueve.
Diciembre 21, 2012
Hoy, mis señores han pasado el día haciendo preparativos para una ceremonia. No me han dicho nada. No me quieren comentar. Es el mandato del gran Sol, del único padre.
Yolihuani, ven .Me llama de repente la sacerdotisa Tonalna. Me dirijo hacia donde están, un claro entre los árboles. Es de noche, la luna ilumina los rostros de Ohtonqui y de Tonalna, la luz plateada toca todo. Hay instrumentos en el suelo, en la tierra. La oscuridad y la niebla no me dejan distinguir.
Yolihuani, queremos agradecerte, me dice Ohtonqui, agradecerte por serle fiel a tu gran maestro, por traernos de nuevo a la vida, por ayudarnos a cumplir nuestro destino. Como sabrás, dice Tonalna, nuestro gran Sol, nuestro señor Kinich-Ahau, el ojo que todo lo ve, está enfurecido. Ha marcado el fin de los mortales desde el inicio del tiempo. El día se acerca. En este momento las palabras de mi maestro Cuauhtzin resuenan en mi cabeza. El último tiempo, dijo, ya no habrá nada después de ti.
Yolihuani, ven .Me llama de repente la sacerdotisa Tonalna. Me dirijo hacia donde están, un claro entre los árboles. Es de noche, la luna ilumina los rostros de Ohtonqui y de Tonalna, la luz plateada toca todo. Hay instrumentos en el suelo, en la tierra. La oscuridad y la niebla no me dejan distinguir.
Yolihuani, queremos agradecerte, me dice Ohtonqui, agradecerte por serle fiel a tu gran maestro, por traernos de nuevo a la vida, por ayudarnos a cumplir nuestro destino. Como sabrás, dice Tonalna, nuestro gran Sol, nuestro señor Kinich-Ahau, el ojo que todo lo ve, está enfurecido. Ha marcado el fin de los mortales desde el inicio del tiempo. El día se acerca. En este momento las palabras de mi maestro Cuauhtzin resuenan en mi cabeza. El último tiempo, dijo, ya no habrá nada después de ti.
Lo entiendes, ¿verdad?, dice Tonalna y se acerca a mí. Gracias último almero Yolihuani, por ofrecerte a Kinich-Ahau.
Tonalna me abraza, me abraza y siento el frio metal entrando en mi espalda. Un dolor punzante se apodera de todo mi cuerpo. El frío entra en mí una y otra vez. Me falta el aire. Tonalna y Ohtonqui pronuncian, gritan palabras que ya no entiendo. El olor, el humo, la luz, todo desaparece. Yo desaparezco.
Tonalna se ocupa deshacer el cuerpo inmóvil de Yolihuani, hunde las manos en su pecho cortado, desgarra músculos, rompe tejidos y se llena de sangre hasta que al fin el anhelado corazón ve la luz. Ohtonqui invoca a los dioses, los elementos, los caminos del universo. Le habla al Sol, le pide que se manifieste. Pronto Ohtonqui cierra los ojos y cae al suelo. Cuando se levanta lo hace con una expresión diferente. No es su mirada, no es su voz. Kinich-Ahau está presente.
Tonalna entona el canto de alabo al dios Sol. El sacrificio, el corazón puro le han sido en su nombre. Los ruegos de la sacerdotisa se realizan en un idioma incomprensible. La lengua que usaban los antiguos sacerdotes para comunicarse con los dioses.
Kinich-Ahau está enojado, nadie se atreve a desafiar sus leyes, nadie interrumpe con el destino, las estrellas lo han plasmado en señal de que es inalterable. Kinich-Ahau no perdona. Decide hacer el segundo exterminio de la historia pero ya no habrá otra raza después de esta.
Tonalna cae al suelo, desmayada con el corazón aún sangrante entre sus manos. El cuerpo que usó Ohtonqui también cae.
Todo se ilumina, el gran fuego todo lo quema, el calor es insoportable. Una luz proveniente del cielo se acerca a la tierra como si fuera un cometa. Se hace cada vez más grande, la luz blanca todo lo abarca, la luz blanca cegadora absorbe todo. Todo es luz, todo es blanco. Ya no hay nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario