Francisco ha estado faltando mucho a casa por las noches, siempre se excusa diciendo que su jefe le pidió que se quedara unas horas más tarde en la oficina, que las juntas se han alargado, que están muy apurados con el trabajo. Fernanda sabe que nada de esto es verdad. Aunque Francisco lo intente no puede quitar de su ropa el olor a perfume barato ni las manchas de lápiz labial en el cuello de su camisa.
Francisco también sabe que su novia ha descubierto lo que hace por las noches. No lo hace porque no la ame o porque no la quiera, es simplemente que se ha aburrido. Fernanda es una mujer de manías, dice siempre que habla de ella. Cuando toma café le tiene que poner una cucharadita de azúcar y luego un chorrito de crema, después otra de azúcar y de nuevo el chorrito de crema, si no lo hace en ese orden no se lo toma. Y nunca puedo comer nada sin dejar rechinando de limpia la mesa del comedor, si encuentra una migajita se pone furiosa, furiosa.
Hoy por la noche Fernanda ha decidido que Francisco no le verá más la cara. Sin avisarle se dirige a su oficina. Que sea lo que tenga que ser, piensa mientras conduce a toda velocidad. Al mismo tiempo, la secretaria de Francisco entra en su oficina con una falda más corta de lo usual, se ha perfumado y ha pintado sus labios de un rojo brillante.
Fernanda llega al edificio donde trabaja su novio, sube al elevador y presiona el botón del décimo piso. Está nerviosa, se frota las manos constantemente. Medio ensaya palabras, algún reclamo, pero nada se le ocurre, no tiene cabeza para pensar en eso.
Cuando llega a su destino las puertas metálicas se abren y justo en cuanto pisa el alfombrado, el olor del perfume de mujer ajena llega hasta su nariz. Fernanda ya se imagina la escena, siente un nudo en el estómago pero ya no hay marcha atrás.
Atraviesa el pasillo hasta llegar a la última puerta, la que tiene la inscripción con letras doradas “Arq. Francisco González M.” Fernanda toma aire y se prepara para lo obvio. Cierra su mano alrededor de la perilla y justo en el momento en que la gira, llega hasta sus oídos el inconfundible golpeteo rítmico. Entonces abre la puerta de golpe. Una blusa tirada, la corbata de Francisco y las medias negras de su secretaria forman un camino de ropa que lleva directamente a su novio dándole clases particulares de arquitectura y anatomía a su ayudante de una forma poco ortodoxa.
Cuando llega a su destino las puertas metálicas se abren y justo en cuanto pisa el alfombrado, el olor del perfume de mujer ajena llega hasta su nariz. Fernanda ya se imagina la escena, siente un nudo en el estómago pero ya no hay marcha atrás.
Atraviesa el pasillo hasta llegar a la última puerta, la que tiene la inscripción con letras doradas “Arq. Francisco González M.” Fernanda toma aire y se prepara para lo obvio. Cierra su mano alrededor de la perilla y justo en el momento en que la gira, llega hasta sus oídos el inconfundible golpeteo rítmico. Entonces abre la puerta de golpe. Una blusa tirada, la corbata de Francisco y las medias negras de su secretaria forman un camino de ropa que lleva directamente a su novio dándole clases particulares de arquitectura y anatomía a su ayudante de una forma poco ortodoxa.
¡Tú eres un imbécil!, le grita a Francisco, ¡y tú eres una gata arrastrada! Fernanda cierra la puerta con un golpe y da media vuelta dispuesta a salir del edificio. No esperó ninguna explicación, ni siquiera quería una. Él no hizo nada por detenerla y eso le bastó. Su taconeo es tan fuerte que parece que en cualquier momento el mármol se va a romper debajo de sus pies.
Sube a su auto y pone la música a todo volumen. Una lágrima se resbala por su mejilla. Respira profundamente y de nuevo atraviesa la ciudad a toda velocidad.
Sube a su auto y pone la música a todo volumen. Una lágrima se resbala por su mejilla. Respira profundamente y de nuevo atraviesa la ciudad a toda velocidad.
Al llegar a su casa se prepara un taza de café siguiendo su rutina: azúcar, crema, azúcar, crema, y se sienta en el comedor. De repente siente como la cara se le enrojece, se siente acalorada, está completamente furiosa: Francisco dejó migajas en la mesa.
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